Del término latino epilepsĭa, que a su vez deriva de un concepto griego, la epilepsia es una enfermedad caracterizada por accesos repentinos, con pérdida brusca del conocimiento y convulsiones.
Se trata de una afección cerebral crónica de causas diversas, con crisis recurrentes generadas por descargas excesivas hipersincrónicas de impulsos nerviosos por las neuronas cerebrales, aunque no todas las crisis son convulsivas. Por otra parte, cabe destacar que la epilepsia puede estar asociada a diversas manifestaciones clínicas y paraclínicas.
Una crisis epiléptica implica una actividad anormal eléctrica en el cerebro, que causa un cambio involuntario de movimiento o función del cuerpo, de sensación, en la capacidad de estar alerta o de comportamiento. Hay más de veinte tipos de crisis epilépticas, que pueden durar desde unos segundos hasta varios minutos.
Entre las causas de la epilepsia, pueden mencionarse las lesiones cerebrales de cualquier tipo (como los traumatismos craneales, las secuelas de meningitis o los tumores) o una predisposición de origen genético.
Las crisis epilépticas pueden clasificarse en dos grandes tipos: las parciales y las generalizadas.
Entre las parciales, pueden ser simples (sin alteración de la conciencia), complejas (con compromiso del nivel de conciencia, son precedidas por un aura que señala el probable sitio de la descarga) o complejas que evolucionan a secundariamente generalizadas.
En cuanto a las generalizadas, pueden ser no-convulsivas (ausencias o atónicas) o convulsivas (tónico-clónicas, tónicas o mioclónicas).
Por último, puede mencionarse a la epilepsia fotosensitiva, un tipo de epilepsia en la cual los ataques son originados por estímulos visuales que forman patrones en el tiempo y el espacio, tales como luces intermitentes, patrones regulares y patrones móviles regulares.
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