Si uno busca el término kinestesia en un diccionario de castellano, es probable que no lo encuentre. Sí, en cambio, hallará cinestesia. Ambos conceptos, de todos modos, se refieren a lo mismo: la kinestesia está vinculada a cómo se perciben la posición y el equilibrio de las diversas partes del cuerpo.
Estos vocablos proceden de la lengua griega: koiné (“común”) y áisthesis (“sensación”). Esto explica por qué la kinestesia tiene que ver con cómo se siente un movimiento.
Se trata, en definitiva, de aquellas sensaciones que distintos puntos corporales se encargan de transmitir continuamente a los centros nerviosos. La sensibilidad puede ser interoceptiva o propioceptiva, de acuerdo a sus características.
La función de la sensibilidad propioceptiva, también conocida como sensibilidad postural, es ejercer la regulación del equilibrio y de las acciones que se desarrollan de manera voluntaria para movilizar el cuerpo.
Se denominan propioceptores a los componentes que influyen en cómo se desarrolla el esquema corporal respecto al espacio y a la planificación de las acciones motoras. Los propioceptores aportan datos que permiten que el movimiento sea ordenado.
La kinestesia, en otras palabras, puede asociarse al sentido de la orientación que posibilita que un individuo actúe con coordinación y ubicación espacial.
Los especialistas afirman que diversas técnicas cerebrales pueden ayudar a que el movimiento aumente el potencial de los recursos individuales. La kinestesia, en este sentido, puede proponer ejercicios para fomentar una fuerte sinapsis que estimule la circulación de endorfina y dopamina, entre otros fluidos. La léctura y los cálculos matemáticos, por ejemplo, pueden formar parte de una gimnasia cerebral.