La sal es una sustancia cristalina y ordinariamente blanca, soluble en agua y crepitante en el fuego. Se trata del cloruro sódico, que puede hallarse en el agua de mar o en algunas masas sólidas. La sal se utiliza como condimento (para sazonar las comidas) y para la conservación de carnes.
Por ejemplo: “Por favor, pásame la sal”, “Esta sopa está muy rica, aunque le hace falta un poco de sal”, “El médico me dijo que no tengo que abusar de la sal, ya que el consumo excesivo trae problemas de presión”, “Mi hija se quejó porque, después de entrar al mar, le quedó gusto a sal en la boca”.
Las sales minerales son aquellas moléculas inorgánicas que, en los seres vivos, se pueden encontrar precipitadas o disueltas. Al estar en el agua, estas sales aparecen ionizadas. Distintos iones específicos hacen que las sales cumplan con diversas funciones estructurales en el cuerpo, como la regulación del pH o el impulso de reacciones bioquímicas.
En los seres vivos, por lo tanto, las sales pueden aparecer precipitadas, lo que quiere decir que constituyen estructuras sólidas. Ese es el caso de los silicatos (como el sostén en algunos vegetales), el fosfato de calcio (que compone el esqueleto de los vertebrados) y el carbonato cálcico (utilizado en los caparazones de los artrópodos).
Las sales disueltas, por su parte, se hallan en el agua y permiten controlar la contracción muscular e intervenir en el equilibrio osmótico, por ejemplo.
Otra posibilidad es que las sales aparezcan asociadas a moléculas orgánicas, como es el caso de los fosfolípidos, los fosfoglicéridos y las fosfoproteínas.
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