Del latín infernum, el infierno es el lugar donde, después de la muerte, los condenados son sometidos a un castigo eterno. El concepto también se utiliza para nombrar al estado de privación definitiva de Dios y, en ciertas mitologías, al lugar donde habitan los espíritus de los muertos.
Por ejemplo: “Si te comportas mal, vas a ir al infierno”, “Ojalá que este asesino se pudra en el infierno”, “No le temo al infierno porque soy un hombre bueno que siempre intenta ayudar al prójimo”.
Aunque el infierno no es un lugar físico, la mayoría de las representaciones lo sitúan debajo de la tierra (a diferencia del paraíso, que está arriba). Es habitual que aparezca representado como un lugar en medio de las llamas, donde el Diablo o diversos demonios infringen castigos a los condenados.
Para algunas religiones, el infierno ni siquiera es un espacio simbólico, sino que se trata de un estado de sufrimiento. Las almas que se encuentran en el infierno son torturadas por toda la eternidad.
Más allá de las diferencias entre cada religión, el infierno suele aparecer como la amenaza de castigo para aquellos que se apartan de la voluntad divina. En pocas palabras, las personas que obedecen a Dios van al cielo, mientras que los pecadores terminan en el infierno.
En el lenguaje cotidiano, el infierno es el lugar o situación en que existe un gran alboroto, violencia o destrucción: “La calle es un infierno, hay protestas en cada esquina”, “Tenemos que convertir a la cancha en un infierno para el equipo visitante”.