Trauma proviene de un concepto griego que significa “herida”. Se trata de una lesión física producida por un agente externo o de un choque emocional que genera un daño duradero en el inconsciente.
El trauma físico está vinculado a un daño que sufre el cuerpo. Una herida es técnicamente la pérdida de continuidad de la piel o de las mucosas, lo que genera la comunicación del interior del cuerpo con el exterior.
Los esguinces, las fracturas y las luxaciones son ejemplos de traumas. Por lo general no suponen un riesgo de vida, aunque pueden ocasionar discapacidad en la persona. Un traumatismo de cráneo, en cambio, puede ser muy riesgoso ya que amenaza el sistema nervioso central.
Un trauma psíquico, por su parte, es una emoción negativa y duradera que amenaza el bienestar del individuo. La vida emocional y la estructura mental de la persona se encuentran en desequilibrio ante el trauma.
El trauma surge a causa de un miedo intenso (horror) o la incapacidad de controlar un peligro real o potencial. Es habitual que aparezcan cuando el paciente es testigo de un suceso vinculado al daño o la muerte de otra persona, o cuando recibe una noticia inesperada y trágica relacionada con un ser querido.
Más allá de las diferentes corrientes de la psicología, existe un consenso acerca de que un trauma es un suceso estresante extremo, que trasciende a la experiencia humana normal. Por ejemplo: aunque es lógico sentir temor al fuego, una persona que sufre un trauma por un incendio puede hasta verse impedida de encender un fósforo o cerilla.
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