El neurólogo y psiquiatra austriaco Viktor Frankl fue quien acuñó el concepto de proactividad. Frankl fue prisionero del régimen nazi y estuvo en un campo de concentración. En su libro “El hombre en busca de sentido”, el autor explicó que pudo sobrevivir gracias a que logró dotar de un logos (sentido) a su existencia.
Con los años, los conceptos desarrollados por Frankl, entre ellos el de proactividad, se hicieron populares mediante numerosos libros de autoayuda. En pocas palabras, la proactividad es una actitud en la que el individuo asume el pleno control de su conducta vital de modo activo. De esta forma, la persona toma la iniciativa en el desarrollo de acciones creativas para generar mejoras en su vida.
La proactividad no implica sólo tomar la iniciativa: también supone asumir la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan, decidiendo a cada momento qué hacer y cómo hacerlo.
El término opuesto a la proactividad es la reactividad, que consiste en tomar una actitud pasiva y ser sujeto de las circunstancias. Mientras que las personas proactivas se mueven por valores cuidadosamente seleccionados y centran sus esfuerzos en el círculo de influencia (se dedican a aquellas cosas con respecto a las cuales pueden hacer algo), los sujetos reactivos se ven afectados por las circunstancias y centran sus esfuerzos en el círculo de preocupación (en los problemas del medio y en circunstancias sobre las que no tienen ningún control).
Cabe destacar que la proactividad no está vinculada a la hiperactividad o al activismo. La proactividad no implica agresividad, arrogancia, actuar de forma apurada o insensibilidad: por el contrario, las personas proactivas comprenden lo que necesitan y actúan en consecuencia.
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