Los signos (del latín signum) son objetos, acciones o fenómenos que, por naturaleza o por convención, pueden representar o sustituir a otros. La lingüística, por su parte, refiere a lo perteneciente o relativo al lenguaje (un sistema de comunicación).
Estas dos definiciones nos permiten comprender la noción de signo lingüístico. Se trata de la unidad mínima de la oración, compuesta por un significante y un significado que están relacionados en forma inseparable a través de la significación.
Un signo lingüístico, por lo tanto, es una realidad perceptible por los sentidos humanos que remite a otra realidad que no está presente. Este signo combina el significado (un concepto) con su significante (una imagen acústica), presentándose como una entidad de dos caras interdependientes que no pueden separarse.
Es importante destacar que un signo lingüístico es una construcción social que tiene validez en el marco de un sistema lingüístico. El signo sitúa a un elemento en lugar de otro: la palabra “bicicleta” hace referencia a un vehículo de dos ruedas que sirve como medio de transporte personal. Que “bicicleta” sea el significante de este vehículo es una convención social.
Para Ferdinand de Saussure, el concepto se encuentra en la mente del hablante de una lengua y puede ser señalado con elementos mínimos de significado. La imagen acústica, por su parte, no es el sonido, sino una huella psíquica en la mente.
C. S. Peirce agrega otra faceta al signo lingüístico, además del significado y el significante: el referente. Peirce sostiene que el referente es el objeto real al que alude el signo, con el significante como soporte material (captado por los sentidos) y el significado como la imagen mental (una abstracción).