El diccionario de la Real Academia Española (RAE) señala tres usos del término madurez: la sazón de los frutos; el buen juicio, prudencia o sensatez; y la edad de la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez.
Para la psicología, alcanzar una cierta edad no implica haber logrado la madurez emocional. Los especialistas afirman que ninguna persona deja de ser, en ciertos aspectos, un niño, ya que todos necesitamos la protección de los demás.
El hecho de hacerse cargo de uno mismo es un proceso que comienza en la adolescencia y que recién finaliza con la muerte. Por eso cuesta aceptarlo, en una situación que varía de acuerdo a las distintas personalidades.
De esta forma, la madurez no es sólo una etapa cronológica, sino que se encuentra asociada a un estado mental y a una actitud. No siempre se madura de forma integral y en todos los aspectos de la personalidad.
La inmadurez emocional, por ejemplo, se encuentra vinculada a los lazos afectivos arcaicos que son más difíciles de romper y generan dependencia, miedos y una debilidad del Yo que prefiere vivir como una prolongación de otro.
La inmadurez social, por otra parte, se refleja en la no aceptación de la propia unicidad (se pretende ser otro). Esto puede aparecer vinculado a la falta de aceptación del esquema corporal, que impide el paso al mundo adulto.
Una persona madura es aquella que cuenta con una coherencia interna y que puede pensar, decir y hacer lo mismo sin contradicciones eventuales y con convicción.
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